domingo, 15 de abril de 2018

NUEVA LEY DE INCLUSIÓN LABORAL: IGUALES, PERO… DIFERENTES


Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, Escritor e Investigador (UACh)

“El ser humano es un hombre común en busca de un destino extraordinario. La persona con discapacidad es un  ser extraordinario en busca de un destino común” (Psicología de la Discapacidad).


“Lo que conduce y arrastra al mundo no son las máquinas, sino las ideas, el talento y las personas” (Víctor Hugo, poeta, dramaturgo y novelista francés).

Cuando hablamos de “discapacidad”, las asociaciones mentales que afloran  y surgen de inmediato en nuestro intelecto, son de carácter más bien negativo: discriminación, rechazo social, injusticia, falta de oportunidades de todo tipo (laboral, educacional, de progreso y crecimiento personal), entorno físico poco accesible y, en ocasiones, incluso poco amigable.
Lo aborrecible –y reprochable– de estas conductas, actitudes y apreciaciones humanas, es que varios cientos de millones de personas en el mundo –incluyendo a casi dos millones de chilenos– se ven directa y claramente afectadas  en su dignidad personal y en su calidad esencial de seres humanos. Iguales… pero diferentes.
Demasiado a menudo, no sabemos ni siquiera como referirnos a estas personas y comenzamos a buscar algún sustantivo o adjetivo calificativo que nos permita referirnos a ellas: “personas limitadas”, “personas discapacitadas”, “personas con capacidades diferentes”, “personas minusválidas”, “personas inválidas”, “personas disminuidas”, etc. Todo lo anterior, buscando no herir la sensibilidad de quienes pudieran caer en la categoría de persona con ciertas “limitaciones”, es decir, una palabra algo tramposa.
Basta pensar en la “limitación” corporal del físico inglés recientemente fallecido, Stephen Hawking, para darse cuenta, que su muy reducida “capacidad física” albergaba una increíble e infinita capacidad intelectual, encumbrándolo entre los hombres más capaces, creativos, ingeniosos e inteligentes que alguna vez pusieron los pies sobre este planeta Tierra.
Por lo tanto, si bien es muy cierto, que nosotros no podemos cambiar nuestro pasado –o nuestra condición física–, es aún más cierto, que estamos en condiciones de cambiar nuestro futuro, y con ello, nuestras aspiraciones, deseos y aportes que podemos hacer a la sociedad. También es verdad, que en múltiples ocasiones, necesitaremos de un poco de ayuda y de apoyo externo para lograr concretar estas aspiraciones e ideales.
Y llegados a este punto, es donde surge, precisamente, la respuesta que estamos buscando, por cuanto, la intención subyacente de las reflexiones expresadas en este artículo, es  explorar y poner sobre el tapete de la discusión un tema que –por extraño que le parezca a muchas personas– nos atañe directamente a todos nosotros. Ponga mucha atención: en algún momento de nuestras vidas, ya sea más tarde o más temprano, pasaremos a formar parte de la categoría de “personas discapacitadas”, ya sea como consecuencia de una enfermedad grave (sufrir un accidente cardio- o cerebro vascular, desarrollar un cáncer, tener obesidad mórbida, sufrir diabetes, etc.), a causa de un accidente fortuito (con secuelas graves, como pérdida de miembros del cuerpo, experimentar la parálisis de una parte del organismo, etc.) o, simplemente, por un tema de edad y de vejez (hoy hablamos, incluso, de la “cuarta edad”).
Y pertenecer al grupo de la “tercera edad” –o de la “cuarta edad”– no resulta fácil ni simple. O si no, pregúntele usted mismo(a) a su abuela o bisabuela por su opinión. Tampoco lo es, por cierto, el hecho de que la persona sufra de algún tipo de impedimento –de tipo físico, cognitivo o visceral– que restringe y coarta su legítimo derecho a insertarse –con todos sus deberes y derechos– a la sociedad a la cual pertenece.
¿Cuál es, entonces, nuestra obligación moral como seres humanos y ciudadanos de esta nación? Muy simple: sentar las bases para promover y afianzar el surgimiento de verdaderos constructores de equidad, armonía y justicia. A la sociedad, al país y al mundo en el que vivimos –donde priman el egoísmo, la desidia y la indiferencia por los demás–,  le hacen mucha falta. Ya no queda espacio alguno para adoptar una actitud o postura de la neutralidad.
La razón cae por su propio peso: no se puede ser neutral frente a la discriminación laboral, frente a la odiosidad extemporánea, frente a la desigualdad social, frente a la indiferencia y desinterés por los demás.
No debemos –ni tampoco podemos permitir– escatimar esfuerzo alguno con el fin de crear conciencia en la sociedad, de que la capacidad intelectual y física de una determinada persona no está circunscrita –ni puede ser reducida– a ningún género, condición física, raza u origen social. La razón es muy sencilla: durante siglos, la especie humana –supuestamente la más inteligente de las especies– ha desperdiciado de manera inútil y absurda el talento y las capacidades de un porcentaje importante de su población. No podemos continuar cometiendo semejante error, injusticia y aberración. La pérdida para la humanidad se torna demasiado onerosa y dolorosa.
Basta pensar qué habría sido de la física teórica sin los extraordinarios aportes de un ser humano como Stephen Hawking, quién desafió todas las leyes de la medicina (¡y de la física!); quién, conectado a un respirador artificial vivió 55 años más del pronóstico de vida que le dieron los médicos que lo examinaron, y cuya “movilidad” se reducía a un músculo de su mejilla y los movimientos de sus ojos.
Ya lo decía el filósofo griego Sócrates hace casi dos mil cuatrocientos años atrás: “Aquél que quiera mover el mundo, deberá moverse a sí mismo”, y Hawking entendió esto a la perfección y (re)movió hasta la última fibra de su ser en el plano intelectual para hacerle a la humanidad un enorme regalo, un gigantesco regalo en perseverancia, afecto, humor, sabiduría y conocimientos.  Y… ¿qué mejor regalo que todos los aportes anteriores?
Iguales, pero… diferentes.

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