domingo, 7 de enero de 2018

INSOMNIO O LA ANGUSTIA POR NO PODER DORMIR

Dr. Franco Lotito C.  –  www.aurigaservicios.cl

Académico,  Escritor e Investigador (UACh)



“Querido cerebro: hazme el favor de dejar de pensar tanto en las noches… ¡necesito dormir!”

“Es difícil dormir cuando la mente no se calla”.


Si bien el insomnio es una problemática de antigua data que siempre ha estado presente en la vida de los seres humanos, hoy este trastorno está afectando a millones de personas de todas las edades, incluida la gente joven. La tendencia a competir con el otro, el hecho de llevar una vida agitada y estresada, el abuso de las pantallas asociadas a computadores, tablets y celulares, el tener instalado el televisor en el dormitorio, etc., explican una parte importante de este trastorno. Son muchas las personas que lo sufren y que se desesperan por no poder conciliar el sueño, o bien, porque se despiertan muy de madrugada y no pueden volver a dormirse. Pero también hay unos pocos que lo ven como una gran ventaja: tienen la posibilidad de aprovechar su insomnio para trabajar, crear, estudiar, leer, escribir, etc., disponiendo de más tiempo para hacer aquellas cosas que de otra forma no podrían llevar a cabo. Estas personas le dan un “toque” positivo a su problema de insomnio.

Por otra parte, a la mayoría de las personas le ha pasado alguna vez que les resulta imposible pegar un ojo en la noche o que se despiertan, una y otra vez, sin poder relajarse y descansar, producto de la ansiedad que experimentan a raíz de la existencia de un problema (de tipo familiar, económico, profesional, etc.), de una relación sentimental fracasada o poco satisfactoria, a causa de un ambiente laboral putrefacto en la oficina donde trabaja, de un examen que hay que rendir, de una cuenta que hay que pagar, etc.

Sin embargo, hay otros individuos para los cuales el insomnio es una constante, en cuyo caso, dichas personas tienen un problema que ya no se mide en la cantidad de horas de descanso perdidas, sino que en la “calidad del sueño” que no le permite recuperar su energía, por cuanto, si una persona duerme poco, pero duerme bien y profundamente, y al día siguiente amanece sin inconvenientes para levantarse, ir a trabajar (o estudiar) y permanecer despierto  durante el transcurso del día sin grandes esfuerzos,  en ese caso no hay nada de qué preocuparse y la persona puede continuar durante un buen tiempo con ese estilo de dormir, sin mayores dificultades.

La situación cambia radicalmente, cuando el paciente relata, que de un día para otro y a raíz de ciertas situaciones complejas de su vida, se le “gatilló” el insomnio, señalando que ha llegado a despertarse hasta 10 o 15 veces durante una noche, lo cual, no le permite conciliar el sueño, impidiéndole descansar de buena manera, condición que conduce al paciente a  darse mil vueltas en la cama, mirar constantemente el reloj y con cada vuelta de la aguja ve aumentar su desesperación por no poder dormir, luego de lo cual, comienza a experimentar una terrible sensación de frustración, porque la persona sabe que cuando amanezca y sea hora de levantarse, será incapaz de hacer todo aquello que debe hacer con la energía y las ganas suficientes. Resulta, asimismo, inevitable que en los días siguientes de estar bajo esta condición de insomne, la persona experimentará mucho sueño y cansancio, no estará en grado de manejar el vehículo sin correr el riesgo de quedarse dormido al volante, costándole, incluso, hilar una conversación medianamente inteligente con su interlocutor de turno.

Todos los especialistas en trastornos del sueño concuerdan que la somnolencia que experimenta la persona durante el día, genera, a su vez, una serie de otros trastornos concomitantes: notable disminución de los reflejos, dificultades con la memoria y con la retención de datos, pérdida casi total de la capacidad de concentración, altos niveles de irritabilidad, etc. Como consecuencia de lo anterior, es altamente probable que la persona comience a cometer todo tipo de errores que pueden costarle muy caro en el trabajo, con su pareja y en la vida cotidiana, en general.

Si bien los ansiolíticos, los antidepresivos y anti-psicóticos, no están hechos para combatir el insomnio, sino que la ansiedad y la angustia, hay mucha gente que utiliza medicamentos como el Valpax o el Ravotril con el objetivo de poder dormir y descansar un poco más. Según un estudio de la Universidad San Sebastián del año 2015, sólo en Chile se vendían cuatro millones de cajas de benzodiacepinas al año –Diazepan, Clonazepan, Alprazolam, Midazolam, etc.–, cuyo consumo –sin el acompañamiento adecuado de terapias psicológicas–, lo que hace es generar serios problemas de salud públicas, debido a que provocan dependencia, así como también diversas consecuencias y daños colaterales que conducen –en algunos casos–, al ingreso de los pacientes a Urgencias de los hospitales y clínicas. Son medicamentos que “tapan” o disminuyen los síntomas, pero que no curan el mal que hay detrás de la sintomatología.

Otro estudio de la Organización Mundial de la Salud del año 2017 mostraba cifras muy preocupantes: más de un millón cien mil chilenos sufrían de ansiedad, en tanto que casi 900 mil personas mayores de 15 años sufrían de depresión. Si se suman ambas cifras, nos encontramos con una noticia con carácter catastrófico: alrededor del 12% de la población chilena sufre algún tipo de trastorno asociado a la depresión, angustia y ansiedad. Otros estudios señalan que estas cifras se disparan hasta alcanzar el 17% de la población que sufre de sintomatología depresiva.

¿Las causas de tanto trastorno? La gente gasta mucho de su tiempo en trabajar (a menudo bajo condiciones estresantes), en movilizarse de un lado a otro con calles atochadas de vehículos, calles en mal estado y muchos embotellamientos –que llevan a la desesperación de los conductores–; horarios de jardines infantiles y colegios no compatibles con los horarios de trabajo de los padres; estudiantes estresados y sobre exigidos; sobreendeudamiento de las familias y cuentas que no se pueden pagar, etc., factores todos que inciden fuertemente en el “cuarteto patológico” más destacado del siglo XXI: angustia, ansiedad, depresión e insomnio.

¿Cómo romper –por lo menos– el círculo vicioso del insomnio? Si bien es preciso señalar que hay personas que requieren de terapia e intervención de tipo profesional con el fin de solucionar su trastorno del sueño, los especialistas sugieren una serie de medidas que pueden ayudar a las personas a dormir un poco más y mejor:

1. Saque el televisor, el computador o la tablet de la pieza: el dormitorio es un lugar destinado para DORMIR, no para trabajar, jugar, comer o ver televisión. Con este primer paso la persona comenzará a relacionar el dormitorio con el sueño y no con otras actividades.

2. Si no puede dormir, salga de la pieza y realice alguna actividad relajante, tal como leer o escuchar música suave: lo peor que puede hacer alguien que no logra dormir, es quedarse en la cama, dándose vueltas y mirando el reloj esperando que llegue el sueño, ya que el descanso lo da el sueño, no la cama, y la persona puede terminar vinculando la cama con la ansiedad y la desesperación, en lugar del sueño reparador.

3. No tome café ni fume, ojalá durante todo el día y no sólo antes de dormir: las personas creen que basta con no tomar café un poco antes de irse a dormir para tener un sueño reparador. Sin embargo estas personas no saben que la nicotina y la cafeína son estimulantes que se acumulan durante el día en el cuerpo, que luego le dificultarán el poder inducir el sueño.

4. No coma muy tarde y muy pesado: el comer muy tarde induce al organismo a seguir trabajando con el fin de digerir los alimentos consumidos, lo cual a su vez, pude conducir a la persona a sufrir de reflujo gastro-esofágico.

5. No ejercite su cuerpo muy tarde: el ejercicio físico lo que hace es estimular aún más a su organismo, de modo que en lugar de “apagar” su sistema fisiológico, la persona que se ejercita lo que hace es encender y poner en marcha a toda su unidad psicofísica.

6. Regule sus horarios y rutinas nocturnas: la persona debe tratar de acostarse todos los días a la misma hora, de modo de generar una suerte de “hábito nocturno” que su cuerpo y su mente se lo agradecerán y que favorecerá la inducción del sueño, sin tener que recurrir a ningún tipo de pastillas o medicamentos.

En función de todo lo anterior, tenga muy presente las advertencias de David Randall, un periodista sonámbulo, quién, en su libro de divulgación científica “En tierra de sueños: aventuras en la extraña ciencia del dormir”, consigna que tras pasar 24 horas sin dormir, la presión arterial aumenta, el metabolismo se desordena (y bajan unas ganas enormes de consumir carbohidratos), la temperatura corporal disminuye y, finalmente, el sistema inmune se debilita, haciendo propenso a la persona a todo tipo de enfermedades.

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