domingo, 24 de diciembre de 2017

LA APLASTANTE VICTORIA DE SEBASTIÁN PIÑERA: ¿UN VOTO DE CASTIGO PARA LA NUEVA MAYORÍA Y PARA LA PRESIDENTA BACHELET?

Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico, Escritor e Investigador (UACh)

“Todos los chilenos que votaron por Sebastián Piñera son idiotas y fascistas” (Declaraciones públicas  del diputado Hugo Gutiérrez del Partido Comunista).



No hay analista, partido político de todos los colores, ministros del Gobierno de la presidenta Bachelet, representantes de la Nueva Mayoría y del Frente Amplio, etc., que hoy no se estén preguntando ¿qué diablos pasó en esta última elección  presidencial?
Ahora bien, sólo con fines de encontrar una explicación a lo sucedido, tengamos presente –para el resto del análisis– una célebre frase que le ganó una elección presidencial en Estados Unidos a Bill Clinton: “¡It’s the economy, stupid!”, es decir, “¡Es la economía, estúpido!”.
Entonces… ¿qué pudo haber sucedido en el alma nacional de nuestro querido Chile, para que el grito de batalla: “¡TODOS CONTRA PIÑERA!”, se haya convertido en la gran derrotada el domingo 17 de diciembre? Y además, en una severa y dura derrota, a  la cual hay que sumar las acusaciones de múltiples muestras de intervencionismo electoral por parte de diversas autoridades gubernamentales a nivel nacional. A la propia presidenta Bachelet se la vio y escuchó, haciendo diversas proclamas públicas en favor del candidato derrotado, lo cual, la condujo –de manera innecesaria– a una triste derrota política personal. Para qué hablar de la vocera de gobierno, Paula Narváez, quién se dio cinco vueltas de carnero antes que el ex presidente Ricardo Lagos la parara en seco y le dijera que la derrota era en todos los frentes, incluyendo la “derrota política”.
Por su parte, el siempre lenguaraz y desubicado diputado PC Hugo Gutiérrez insultó, ofendió y tildó de “¡IDIOTAS!”, “FASCISTAS” y de “FACHOS POBRES” a todos aquellos ciudadanos chilenos que votaron por Sebastián Piñera. En este sentido, según Gutiérrez, casi el 55% de la población chilena serían unos pobres idiotas, es decir, “personas que sufren un trastorno mental severo caracterizado por una deficiencia muy profunda de sus facultades cognitivas, y cuya edad mental no sobrepasa los tres años de edad”. Todo lo anterior, porque no votaron de acuerdo con lo que él quería. Una linda manera de destilar odio por todos sus poros y una forma muy didáctica de demostrar su gran “amor” por la democracia, lo cual nos lleva, desgraciadamente, a escuchar nuevamente el discurso añejo, trasnochado, odioso y extremista lleno de revanchismo y violencia que no tiene cabida en una democracia. Al tenor de sus declaraciones –como figura pública que es–, predicando la odiosidad y las ofensas gratuitas en contra de todos quienes no piensan como él, el diputado Gutiérrez parece desconocer completamente el significado de la palabra “democracia”, acostumbrado como está a los gobiernos totalitarios como Venezuela, Cuba y Corea del Norte, donde el pueblo hace sólo lo que el diputado Gutiérrez quiere –y espera– que haga la “gente inteligente”. Afortunadamente, varios de sus propios colegas le pidieron que “cerrara el hocico”, dejara de “tontear al pueblo” y se quedara callado de una vez.
Fue, precisamente, el siempre verborreico Gabriel Boric, uno de los que hizo callar a su colega Gutiérrez, y fue también Boric a quien no le quedó otra que declarar ante los medios de comunicación que “no bastaba el anti-Piñerismo para convocar a una mayoría”. Después de esta declaración, el diputado Boric se dedicó, como era de esperar, a cuestionar a Alejandro Guillier por no “comprometerse con las transformaciones profundas” que le ofrecía el Frente Amplio,  finalizando su  intervención, con una acusación en contra de todos quienes lideraron la campaña del candidato de la Nueva Mayoría de ser “los culpable directos de la derrota” que sufrió el Gobierno de Bachelet.
Lo cierto es, que lo que sucedió ayer, se ha convertido en la demostración clara, que cuando el pueblo de Chile quiere dar una lección a los supuestos “expertos” en política, la lección se la da en grande, se la da con mayúscula, se la da con todo, hasta el punto de dejar con la boca abierta al más pintado de los expertos.
Al final de cuentas, la pregunta se reduce a lo siguiente: ¿cómo es posible que el “gran delincuente Piñera” –tal como lo han descrito y caracterizado sus múltiples detractores–  pase, nuevamente, a ocupar la testera de la casa de La Moneda?
La centroizquierda chilena –la gran derrotada en esta elección presidencial– deberá, asimismo, cuestionarse y comenzar a preguntarse cuántos errores –de fondo y de forma– cometieron, para que no sólo se  dieran más de nueve puntos de diferencia entre ambos candidatos presidenciales, sino que Piñera, además, se impusiera en 13 de las 15 regiones, no obstante que la totalidad de los partidos políticos de izquierda pensaron que en segunda vuelta se “unirían”, se “juntarían” y se “asociarían” los votos de los partidos de la Nueva Mayoría, con los votos de Beatriz Sánchez del Frente amplio, los votos de Carolina Goic de la Democracia Cristiana, los votos de Marco Enríquez-Ominami del Partido Progresista, los votos del Alejandro Navarro del Movimiento Amplio Social y los votos de Eduardo Artés de Unión Patriótica y le darían la “gran lección” –puñete en l’hocico incluido– al candidato de la centroderecha. Si sumaban todos los votos de los ex candidatos presidenciales arriba mencionados, llegaban nada menos que a un 55,43% versus el 44,57 que obtendría Piñera en segunda vuelta. ¡Cuentas alegres y pan cocido! Pero ¡plop!, la tortilla, de forma sorpresiva e inesperada, se dio vuelta completa y totalmente. Tanta fue la sorpresa y la incredulidad ante tamaña afrenta en contra de la Nueva Mayoría y el Gobierno de Bachelet, que la senadora socialista Isabel Allende no pudo dejar de expresar “sentirse muy dolida” con el pueblo chileno. Bajo estas circunstancias, la senadora Isabel Allende deberá fijarse como objetivo poner fin al disfraz de “unidad” bajo el cual se amparaba la Nueva Mayoría. Para qué hablar de los miles de militantes de la Democracia Cristiana terminaron votando por Sebastián Piñera.
Entonces… ¿qué sucedió para que se produjera tamaña debacle y “desconcertación”? Porque no cabe duda alguna, que algo tiene que haber fallado para que, nuevamente, la presidenta Michelle Bachelet tenga que entregarle, una vez más, la banda presidencial a Sebastián Piñera el 11 de marzo de 2018.
Al parecer, el “pueblo” no le hizo caso alguno a la presidenta Bachelet cuando ella aseguraba que el único sujeto que resguardaría, protegería, defendería y extendería su “legado presidencial” y todas sus “reformas estructurales” sería el candidato Alejandro Guillier.
No le hicieron caso a Bachelet porque… ¿no le creyeron debido a la pérdida de credibilidad de la presidenta y a su escaso nivel de aprobación? No le hicieron caso porque… ¿el nivel de descalificación usado durante la campaña fue demasiado alto? No le creyeron porque… ¿el país se estancó económicamente durante su gobierno? No le hicieron caso porque… ¿las reformas estructurales no se hicieron con la responsabilidad con la que debieron haber sido realizadas? No le hicieron caso… ¿porque el gobierno de Bachelet no escuchó ni tampoco hizo caso de aquello que realmente le pedía el pueblo de Chile?
Lo cierto es que, tal como lo señaló en Televisión Nacional el ex ministro de defensa de Bachelet, Francisco Vidal, la victoria de Sebastián Piñera, fue: (a) una “derrota importante para el Gobierno de Bachelet”, (b) “fue una derrota aplastante para la coalición de la Nueva Mayoría” y (c) “fue una derrota grave para el candidato de la centroizquierda, Alejandro Guillier”, es decir, puras “derrotas” en boca de uno de los ex ministros más leales de la presidenta Bachelet.
Por otra parte, el senador Francisco Chahuán, integrante y participante activo en el comando de campaña presidencial de Piñera, señaló que la dura derrota del candidato presidencial Alejandro Guillier era un “castigo a la retroexcavadora de la Nueva Mayoría”, un castigo a una Nueva Mayoría que se dedicó en cuerpo y alma a buscar todas la fórmulas posibles para invalidar, neutralizar y descalificar cualquier cosa positiva que hubiese hecho el candidato de Chile Vamos durante sus cuatro años de gobierno, un candidato, que al último, fue presentado ante la opinión pública como un “pobre mequetrefe, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera cómo ganar más dinero”.
Ahora bien, dejando de lado todas las cientos de descalificaciones y acusaciones varias surgidas desde todos los frentes, sectores, partidos y corrientes políticas –ante la mirada atónita y de gran disgusto de millones de chilenos–, lo cierto, es que hoy, hay un gran ganador y un gran perdedor. Le disguste a quien le disguste.
La pregunta, en todo caso, sigue siendo una sola: ¿por qué razón ganó Piñera y perdió Guillier? Si bien, sólo votaron algo más de siete millones de ciudadanos, hubo una clara definición por parte de quienes votaron: 54,57% a favor de Piñera versus 45,43% a favor de Guillier. La voz del pueblo chileno fue clara, firme y contundente. No hay donde perderse. No hay doble lectura. Es más: para mayor mortificación de la centroizquierda, la votación de Piñera es la mejor votación que un candidato de la centroderecha haya obtenido alguna vez en democracia.
En mi  modesta y personal opinión –que puede estar, por cierto, equivocada–, hay dos posibles respuestas y/o explicaciones a este sorpresivo resultado eleccionario del domingo 17 de diciembre de 2017:
1. Un nuevo voto de castigo al gobierno de la presidenta Bachelet y de la Nueva Mayoría, quienes nunca fueron capaces de responder a las verdaderas necesidades y fuertes clamores del pueblo chileno: salud digna, atajo a la delincuencia, freno al narcotráfico y sus constantes balaceras, más fuentes de trabajo, más empleos estables y bien remunerados, mejores pensiones, etc. En función de los votos que el mismo pueblo de Chile le entregó voluntariamente al candidato Sebastián Piñera, pareciera que la suposición de que el pueblo chileno quería lo que el gobierno de la presidenta Bachelet y de la Nueva Mayoría querían, no sería del todo cierta, o en su defecto, derechamente errada y falsa.
2. La segunda explicación, se asocia a una famosa  y célebre frase de James Carville, asesor de Bill Clinton en la exitosa campaña que llevó, justamente, a Bill Clinton al sillón presidencial de la Casa Blanca en Estados Unidos, en lugar de George Bush padre: “¡Es la economía, estúpido!”. Por cuanto, George Bush se dedicó exclusivamente a destacar los éxitos de la guerra en el Golfo Pérsico y de la política exterior de su país, olvidándose completamente de los problemas cotidianos de su gente, así como de las necesidades más perentorias y urgentes del pueblo, como lo son los grandes temas como salud, empleo y seguridad de sus ciudadanos.
Por lo tanto, cuando un gobierno tiene como única obsesión concentrarse exclusivamente en su “legado presidencial” y en sus “reformas estructurales”, ya sea que estén bien o mal hechas, el gran riesgo que se corre es “olvidarse” convenientemente, que para financiar todo eso, se requiere de una economía pujante y que dé señales de crecimiento, de una economía que entregue buenos empleos, de una economía que atraiga inversiones (en lugar de alejarlas), de un país que trate bien a sus jubilados y que no les pague pensiones miserables y de hambre, de una población que está cansada de una delincuencia que parece haberle ganado la batalla al Estado, de un país que cuide a su maltratada  y olvidada clase media que nunca ha recibido nada por parte de su gobierno. Esas son algunas de las necesidades urgentes y perentorias por las que clama la amplia mayoría del pueblo chileno. El resto, en el mejor de los casos, es SÓLO un complemento.
Para que no nos olvidemos, repitamos, entonces, una vez más, la célebre frase de James Carville: “¡ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO!”.

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