domingo, 17 de julio de 2016

PASOS ESTRATÉGICOS PARA EVITAR UN DIVORCIO O UNA SEPARACIÓN DESTRUCTIVA Y TRAUMÁTICA


Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Académico e Investigador (UAC

“Un padre que es padre de verdad, se responsabiliza de sus hijos, sin necesidad de que nadie le recuerde que debe hacerlo”•

Primero que todo, es preciso señalar que aún cuando la pareja ya no tenga razones para seguir junta y una convivencia pacífica no sea posible, el hecho de trabajar de manera conjunta, con el fin de lograr acuerdos y objetivos de interés común –tal como buscar la manera de que los niños  no tengan que sufrir y pagar las consecuencias– puede permitir que la separación definitiva sea un proceso lo menos traumático y destructivo posible. La razón es muy simple: cualquier cese de convivencia donde una de las partes (o ambas) se sienten agraviadas,  está en condiciones de generar altos niveles de frustración, conflictos, rabia y estrés, todo lo cual, combinado, podrían conducir a conductas y acciones, donde la agresión –tanto verbal como física– terminan por adueñarse de la pareja.
A lo anterior, se suma el hecho de que es necesario pensar (y asegurar) el bienestar de TODA  la familia, es decir, tanto de la pareja, como así también de los niños, producto de la convivencia. A raíz de lo anterior, se hace aconsejable enfrentar el proceso de separación COMO UNA NEGOCIACIÓN, en función de lo cual, es relevante establecer metas bien definidas por intermedio de la colaboración mutua.
Dicho de manera sintética: hay que buscar una separación o un divorcio que adopte la fórmula de un proceso civilizado, evitando caer en una suerte de declaración de guerra total, donde nadie gana, pero todos pierden, especialmente, quienes nada tuvieron que ver en el conflicto entre los padres: los hijos.
No cabe duda que la separación  de la pareja siempre será un evento con carácter traumático, evento que puede afectar emocional y afectivamente a una de las partes más que a la otra, situación que va acompañada de un sentimiento profundo de mortificación y de sentirse traicionado. Sin embargo, nadie escapa “ileso” de esta vivencia, por cuanto, tal como se ve muy a menudo en la consulta de los especialistas, la separación tiene efectos negativos, tanto para la pareja como para los hijos, especialmente, cuando el proceso se convierte en una guerra total: guerra de declaraciones, guerra por la tenencia de los hijos, guerra por los bienes económicos, guerra por el dinero, guerra contra el (o la) causante de la separación, etc.
La experiencia indica que a través de la “mediación de conflictos” es posible reducir y disminuir el daño que provoca este evento, logrando una separación que no sea destructiva, o, como yo señalo, que adopte el carácter de “separación civilizada”.
La decisión de una separación –ya sea mutua o unilateral– es el principal indicador de que algo no estaba funcionando bien en la relación de pareja, relación que se fue deteriorando de manera progresiva y que terminó en una ruptura definitiva, condición que hacía imposible la convivencia. No obstante lo anterior, siempre existe la posibilidad de que la pareja lleve a cabo el término de su relación haciendo ambos el máximo esfuerzo con el fin de disminuir el impacto negativo, especialmente, cuando hay hijos de por medio, y éstos, no tienen por qué razón convertirse en el “chivo expiatorio” de los errores, dificultades y/o desavenencias de los padres.
Por lo tanto, el primer paso para alcanzar una separación civilizada, es que la pareja se dé cuenta de que ellos son los únicos que pueden decidir CÓMO MANEJAR LA SEPARACIÓN sin declararse la guerra mutuamente, y sin que la separación los conduzca a un descontrol: descalificaciones, intentos de manipulación, recriminaciones y acusaciones mutuas, hacer la vida imposible al otro, colocar obstáculos y piedras en el camino, utilizar a los hijos como mensajeros o como espías de uno de ellos, hostigar a la nueva pareja, mentir y alterar la verdad (ya sea en relación con la ex pareja o con los propios hijos), ocultar cosas, acusar al otro del ser el causante de la separación, demandar al otro una y otra vez sólo como un acto de venganza, etc.
Para efectos de evitar todo lo anterior, es preciso que la pareja  decida conversar acerca de CÓMO desean hacer el proceso y ACORDAR DESDE UN PRINCIPIO que los dos pondrán el máximo esfuerzo para conseguir que la separación (o divorcio) sea lo menos perjudicial y traumático para ellos y, por sobretodo, para sus hijos. Es en este proceso que la pareja debe poner igual cuota de esfuerzo y voluntad, ya que sólo por esta vía estarán en condiciones de poder iniciar un proceso de negociación que dé buenos frutos.
En muchos casos, la pareja necesitará de apoyo profesional, tanto así, que la actual ley de matrimonio civil contempla, entre otras cosas, la realización voluntaria del llamado “proceso de mediación” que no dura más allá de 60 días y que, en esencia, intenta solucionar de manera pacífica y ordenada los conflictos derivados de la vida en común, por intermedio de la ayuda de una tercera persona neutral.
Con la ayuda de una persona experta, la pareja debe definir cuáles son las áreas o temas principales que hay que abordar de manera conjunta. Lo habitual, es que se comience con los niños, quienes, representan el aspecto más relevante de la relación de pareja. Un segundo aspecto hace referencia a las finanzas, es decir, a las posesiones y bienes que  tiene la pareja, así como la forma de velar por el futuro de los hijos.
En este punto, es preciso distinguir entre “posiciones” e “intereses” de la pareja. Las posiciones están relacionadas con el lugar desde el cual se para cada una de las partes en relación con aquellas  cosas que no quiere perder. Ejemplos: “Yo no me muevo de aquí un milímetro, mientras no lo hagas tú”, “Lo que yo quiero es tener mi casa y punto”, “A mí esta situación no me gusta y tú no me vas a obligar a hacer nada que yo no quiera”, y así sucesivamente, con declaraciones de este tenor. La analogía más cercana, es la que vemos en un campo de batalla, cuando los soldados protegen y defienden con todo el armamento que tienen sus posiciones.
Sin embargo, cuando ambas partes intentan abordar la negociación pensando en los “intereses” que la pareja comparte, más que en las posiciones o diferencias, entonces comienzan a surgir nuevas posibilidades, metas y objetivos. Algunos ejemplos: “Nuestro interés es que los niños no sufran ni tengan que vivir un trauma a causa nuestra”, “No queremos que la familia se involucre en un conflicto eterno por el dinero”, “Queremos disfrutar y poder estar con los niños en paz y tranquilidad”, “No queremos seguir peleando, hasta el punto en que uno de los dos termine destruido o enfermo”, “Queremos tener la posibilidad de reconstruir nuestras vidas de manera separada y en armonía”.
Ante estos objetivos con un carácter constructivo, la pareja elabora el segundo paso estratégico para logar el objetivo común: se hacen RESPONSABLES y se COMPROMETEN a dar lo mejor de sí en relación con el (o los) objetivo(s) a conseguir.
Cuando esto es así, y los hijos de la pareja se han convertido en el centro principal de dicho paso estratégico, los niños no sólo se sienten protegidos y queridos, sino que, además, pueden observar directamente a sus padres trabajando y colaborando juntos por su bienestar, aún cuando ya estén separados y con nuevas parejas.
Así, por ejemplo, tenemos el caso de una pareja joven que se separó cuando los niños eran aún muy pequeños, y la pareja consideró que lo mejor era que la madre se quedara en casa cuidando a los niños en lugar de tener que ir a trabajar, dejándolos en manos extrañas. En función de este interés común, acordaron que el papá de los niños los mantendría hasta que los chicos cumplieran los 10 años, momento en que la madre podría volver a trabajar sin el temor de que los niños estuvieran en manos ajenas. En este caso, ambos padres quedaron satisfechos con la decisión conjunta, porque sabían que estaban pensando en un bien superior y no en ellos mismos, a saber, el bienestar y la seguridad de sus hijos.
Aquí hay un hecho que ha sido investigado y corroborado en miles de casos: cuando una de las partes en conflicto ratifica y valida a su ex pareja en su rol de padre o de madre, lo que hace, es convertir a esa ex pareja en un gran ALIADO –en lugar del enemigo a muerte a quien hay que combatir–, y los hijos sienten, a su vez, que sus padres se respetan mutuamente. Esta condición de  respeto mutuo es algo que los padres de estos niños no pueden transar. Por lo tanto, este es un aspecto crucial, que al momento que se produzca la separación debe quedar claro para todas las partes involucradas: los padres, permanecerán siendo padres siempre y en toda ocasión, y eso, no lo puede borrar ni destruir nadie.
Finalmente, es preciso analizar la forma en  CÓMO DEBE PROCEDER LA PAREJA PARA PROTEGER A LOS NIÑOS:
1. Contarles la verdad sobre la separación: si los niños no saben que sus padres tienen problemas y sólo presencian discusiones y peleas –a continuación de lo cual, viene la separación–, los niños pueden pensar que ellos son los culpables de esta situación, razón por la cual, la incertidumbre y la inseguridad puede ser muy perjudicial para ellos, ya que, al sentimiento de culpa pueden agregarse otros factores, tales como la pérdida de autoestima, experimentar sentimientos de carencias afectivas, perder el interés por el estudio, bajar notablemente su rendimiento escolar, experimentar sentimientos de rabia y frustración, adopción de conductas rebeldes, pérdida de respeto hacia los padres, etc. En algunos casos puede aparecer, incluso, algún tipo de ideación suicida como respuesta al sentimiento de que “Nadie me quiere ni se preocupa por mí”.
2. Aparición de una “nueva familia”: es primordial explicar a los niños que la aparición de una nueva pareja del padre o de la madre no significa que su propia familia haya desaparecido y que ellos vayan a quedar abandonados, sino que la familia se está transformando en una nueva, y que los lazos afectivos no se perderán.
3. Aseguramiento del futuro de los niños: los padres separados deben reiterar y reasegurar a los niños que ellos continuarán siendo sus padres, aún cuando ya no vivan todos juntos, y que entre ambos proveerán para asegurarles un buen futuro y con la seguridad del afecto incondicional por parte de los padres.
4. Coordinación de actividades: la pareja debe velar por el bienestar de los niños y eso comienza con la organización del tiempo que pasará cada uno con ellos, y este tiempo debe ser un tiempo de calidad. El padre o la madre debe preocuparse por respetar a cabalidad los  horarios y dedicarles toda su atención, lo que significa, que los momentos que pasan con ellos son sagrados, razón por la cual, el padre o la madre deberá organizarse para dejar de lado los compromisos laborales, los llamados telefónicos, las interrupciones indeseadas (intervenciones de la otra pareja), o lo que es peor, dedicarse –mientras está con los niños– a hacer llamados a amigos, a prestarle atención a su nueva pareja, a mirar su Facebook, a quedarse callado, etc., en lugar de mantener una comunicación abierta y activa con sus hijos. Y otra cosa: si quién debe hacerse cargo de los niños no respeta los horarios establecidos, llega tarde a recogerlos, o no llega a la cita, envía a sus hijos una pésima señal: “No me interesas”, “Yo llego cuando quiero”, “Yo soy tu padre (madre) y hago lo que quiero”, etc. Esta conducta puede generar mucha rabia y resentimiento contra el progenitor que “practica” este tipo de comportamiento, situación que puede conducir, a su vez, al rechazo, indiferencia o alejamiento del niño hacia este padre o madre. En otros casos puede, incluso, generar conductas agresivas y destructivas en contra del progenitor causante de este sentimiento de desamor y descuido afectivo. Dependiendo de la edad del hijo(a), incluso el uso de golpes o actos destructivos por parte de este hijo no pueden ser descartados.
5. No utilizar a los hijos como mensajeros o espías de los padres: los padres jamás deberán caer en la tentación de utilizar a los hijos como mensajeros de sus molestias, rencillas y peleas, o bien, usarlos para pedir el dinero al padre que lo provee. La razón es muy simple: esta situación pone a los hijos en un severo conflicto de lealtades, condición que los hace sentir que están traicionando a uno de los padres y eso, simplemente, representa una acción indecorosa o inaceptable. Tampoco se puede utilizar a los hijos para “espiar” a la pareja: con quién está, a dónde va, con quién se junta, qué es lo que dice o hace. Menos aún, dedicarse a hablar mal de su ex pareja, con el fin de “dejar mal” a quien, una vez, fuera el objeto de su amor. Eso habla muy mal de la pareja que se dedica a sembrar cizaña, ya que los resultados finales pueden ser desastrosos.
6. Nunca mentirles a los hijos acerca de lo que está pasando en la pareja: toda pequeña mentira engendra una nueva y más grande mentira, hasta finalmente correr el riesgo de tejer una verdadera “telaraña de mentiras”, de la cual, luego, resulta difícil salir. Es por ello, que es preciso decir la verdad a los hijos, aún cuando esta verdad pueda causar algún dolor inicial. La razón es muy simple: en el momento mismo que los hijos detectan o advierten que uno de los padres –o ambos– está mintiendo, se pierde de inmediato la credibilidad y la confianza que los hijos tenían en los padres, lo cual conduce a la propia desautorización frente a sus hijos. El otro grave riesgo que se corre, es que los hijos comiencen a imitar la conducta de los progenitores, especialmente, si los hijos ven a sus padres como sus referentes (o modelos) y buscan identificarse con ellos e imitarlos. El razonamiento es el siguiente: “Si el papá y la mamá mienten, entonces yo también puedo hacerlo”. El resultado final, es simplemente desastroso.
Sólo resta concluir lo siguiente: la única recomendación posible en caso de una separación o de un divorcio de los padres, es que ambos tomen la decisión conjunta de enfrentar el proceso de separación vinculándolo a una negociación civilizada, lo que implica que la pareja debe poner, en primer lugar, los intereses comunes, más que las diferencias, siendo su principal punto de interés, sus hijos, es decir, el fruto de lo que una vez fue una relación amorosa. O por lo menos, de un sentimiento de atracción que condujo a ambos a mantener una relación de pareja.

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