domingo, 25 de octubre de 2015

El discurso político chileno: ¿una lidia de toros bravos o la historia de una manga de sinvergüenzas?

Dr. Franco Lotito C. - www.aurigaservicios.cl    
Las crisis de las instituciones y de los partidos políticos, las sucesivas crisis del Estado de Chile y, por extensión, de los dirigentes políticos  no tienen parangón alguno con ninguna otra época de la historia de nuestro país. El efecto de la globalización, las comunicaciones instantáneas, los teléfonos celulares y la herramienta de Internet los ha (ex)puestos a todos y a cada uno de ellos bajo la lupa y la mirada escrutadora del público expectante, con resultados –literalmente– catastróficos e indecentes.


Lo anterior, sin considerar que la capacidad autodestructiva de los agentes políticos  mismos resulta ser –de manera sorprendente– francamente ilimitada, siendo capaces de arrastrar al abismo y al desastre, junto con ellos mismos, a oponentes y seguidores por igual, y de una manera muy “democrática”.
La pregunta natural que surge de esta triste realidad es: ¿con qué moral puede juzgar un determinado grupo político que representa a una cierta corriente ideológica a otro grupo de políticos de distinta ideología pero que está replicando  exactamente las mismas malas prácticas y estrategias que el primer grupo (junto con su propia coalición de partidos políticos) ha venido realizando por décadas y a expensas del pueblo?
Esto sólo lo pueden hacer aquellos sujetos que hacen uso de la moral del doble estándar. Aquellos que se escudan bajo el dogma no escrito de la “ley de los empates políticos”. Alguien que tiene como valores personales el parámetro de la “moral con  vara retráctil”, es decir, la vara que aparece y desaparece a plena conveniencia y de acuerdo con la ocasión.
Hay que tener presente, que de acuerdo con Eugenio Tironi –un experto en comunicación estratégica–, con el tiempo, la noción de propaganda política ha ido “adquiriendo una connotación negativa” y se la ve ahora “como una actividad deshonesta, manipulatoria y orientada a lavar el cerebro de las masas”.
¿En qué consisten las estrategias y metodologías usadas durante siglos por esta estirpe tan especial?  Hacer  –sin medir las consecuencias de sus actos y dichos– innumerables y grandilocuentes promesas que nunca serán capaces de cumplir;  elevar cientos de falsos cantos de sirenas que estarán llenos de mentiras y engaños; usar un discurso retórico y demagógico –y en ocasiones incluso perverso– que sólo crea un sinfín de frágiles pompas de jabón y miles de esperanzas rotas.
Al respecto, digamos de partida, que la manipulación se define como el conjunto de actos, que permite que un sujeto (o grupo de individuos) a través de ciertas operaciones y actividades faltas de todo tipo de ética, obtenga un determinado resultado favorable exclusivamente para aquél (o aquellos) que los realizan.
Por otra parte, si nos remitimos tan sólo a los epítetos discursivos que utilizan los políticos chilenos para referirse y calificar “cariñosamente” a los de su misma clase... pero de distinta tienda política (o sub-ideología), se detecta fácilmente una docena de ellos que se leen, se escuchan y se repiten  profusamente, una y otra vez, hasta la saciedad, en todos los diarios, documentos y revistas de circulación nacional  –en una verdadera muestra sinfónica de incontinencia verbal por  parte de nuestro “homo politicus chilensis”–, cuyos adjetivos y substantivos van dirigidos, como en un juego de ping-pong, de un grupo político al otro, tales como por ejemplo: “ladrones”, “plagiadores”, “sinvergüenzas”, “ineptos”, “pequeños”, “corruptos”, “farsantes”, “mentirosos”, “payasos”, “vampiros”, “locos”, “trastornados”, “chupasangres”, “caníbales políticos”, etcétera, conceptos que han sido extraídos rigurosamente uno por uno de los diarios, revistas y páginas web consultadas.
En estricto rigor, al final no se sabe quién es quién, ya que muchas veces el epíteto utilizado tiene un carácter amplio, inclusivo y de conjunto, lo que significa que un determinado “apelativo calificativo” se extiende, de manera inclusiva, a todo el grupo completo, a partir del sujeto que ha sido distinguido con tal honor lingüístico.
Estos conceptos –denigrantes y poco edificantes– que vuelan de una camarilla a la otra, son lanzados abiertamente ante un público un tanto atónito y desconcertado, que observa y escucha atentamente, como si esta letanía de improperios fuera la puesta en escena de una obra de teatro repetitiva, bochornosa y de tercera categoría, donde se hace claramente evidente la práctica a destajo del llamado “canibalismo político” o cuasi antropofagia.
Con esto a la vista, surge, necesariamente, una nueva pregunta: ¿es a esta situación de denostación y descalificación mutua (y pública) a la que se apunta cuando se  habla de las decenas de famosos –¡y fracasados!–  “proyectos de mejoramiento de la calidad de la política” estilo chilensis? Ni siquiera hagamos mención de los regulares encuentros pugilísticos de estos señores, o de los generosos ofrecimientos de puñetes, patadas y manotazos –garabatos incluidos– que se hacen unos a otros cuando están con exceso de energía, o cuando no han tenido el espacio ni el tiempo suficiente para gastar dichas energías realizando algunas de las famosas tertulias chabacanas con entusiastas y ardorosos “bailes del Koala” incluido, tal como lo hizo la clase política en julio de 2007, para vergüenza de todo el país.
Bajo tales preceptos y realidades, no nos quedará otra alternativa que forzar ciertos cambios y lograr que la actual clase política que gobierna nuestro país puedan terminar, alguna vez, donde en propiedad les corresponde: en la cárcel, en un circo o en alguna institución de salud mental.

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